es-Capítulo 11 – La obra de Jesús en la tierra

El bautismo en el Jordán; tiempo de preparación en el desierto
1. Jesús, el nazareno amoroso y humilde, que había esperado la hora en que la Palabra divina saliera de su boca, buscó a Juan a orillas del Jordán para recibir el agua del bautismo. ¿Acudió Jesús allí con el deseo de purificarse? No, pueblo mío. ¿Acaso fue para cumplir con un rito? Tampoco. Jesús sabía que había llegado la hora en que él mismo dejara de ser, en que el hombre desapareciera para dejar hablar al Espíritu, y quiso marcar esa hora con un acto que quedara grabado en la memoria de los hombres.
2. El agua simbólica no tenía que lavar ninguna mancha, pero sí liberó a aquel cuerpo —como ejemplo para la humanidad— de todo vínculo con el mundo, para permitir que se uniera voluntariamente con el Espíritu . Esto sucedió cuando los allí presentes oyeron una voz divina que hablaba con palabras humanas: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. Escuchadle».
3. Desde ese momento, la Palabra de Dios se convirtió en la Palabra de vida eterna en los labios de Jesús, porque Cristo se manifestó en plenitud a través de Él. Los hombres lo llamaban Rabí, Maestro, Mensajero, Mesías e Hijo de Dios. (308, 25-27)
4. Después de eso, me retiré al desierto para meditar y enseñaros a entrar en diálogo con el Creador, y para contemplar en el silencio del desierto la obra que me esperaba, y así enseñaros que debéis purificaros antes de emprender el cumplimiento de la obra que os he confiado. Buscad, pues, en el silencio de vuestro ser, el diálogo directo con vuestro Padre, y así preparados —puros, fortalecidos y decididos— poneros sin vacilar a cumplir vuestra difícil misión. (113, 9)
La unidad de Jesús con Dios
5. Durante tres años hablé al mundo por boca de Jesús, sin que ninguna de mis palabras o de mis pensamientos fuera desfigurada por aquella mente, sin que ninguna de sus acciones no estuviera de acuerdo con mi voluntad. La razón de ello fue que Jesús y Cristo, el hombre y el Espíritu, eran uno, así como Cristo es uno con el Padre. (308, 28)
6. Reconoced en Mí al Padre; porque en verdad os digo que Cristo es uno con el Padre desde la eternidad, incluso antes de que existieran los mundos.
7. En el «Segundo Tiempo», este Cristo, que es uno con Dios, se hizo hombre en la Tierra en el cuerpo bendito de Jesús y se convirtió así en el Hijo de Dios, pero solo en lo que respecta a su humanidad. Porque os digo una vez más que solo existe un único Dios. (9, 48)
8. Cuando Me hice hombre en Jesús, no fue para haceros comprender que Dios tiene forma humana, sino para hacerme visible y audible para aquellos que estaban ciegos y sordos a todo lo divino.
9. En verdad os digo que si el cuerpo de Jesús hubiera sido la forma de Jehová, no habría sangrado ni habría muerto. Era un cuerpo perfecto, pero humano y sensible, para que los hombres lo vieran y oyeran a través de él la voz de su Padre Celestial. (3, 82)
10. En Jesús había dos naturalezas: una material, humana, creada por mi voluntad en el seno virginal de María, a la que llamé el Hijo del Hombre, y la otra, divina —el Espíritu, al que se llamaba Hijo de Dios—. En esta última estaba la «Palabra Divina» del Padre, que hablaba en Jesús; la otra era solo material y visible. (21, 29)
11. Fue Cristo, la «Palabra» de Dios, quien habló a través de la boca de Jesús, el hombre puro y sincero.
12. El hombre Jesús nació, vivió y murió; pero en cuanto a Cristo: Él no nació, ni creció en el mundo, ni murió, pues Él es la voz del amor, el espíritu del amor, la Palabra Divina, la expresión de la sabiduría del Creador, que siempre ha estado en el Padre. (91, 28-29)
El no reconocimiento de Jesús como el Mesías esperado
13. No todos me reconocieron en el «Segundo Tiempo». Cuando aparecí en el seno del pueblo judío, que ya me esperaba porque veía cumplidos los presagios dados por los profetas, mi presencia confundió a muchos que no sabían interpretar correctamente a los profetas y esperaban ver a su Mesías como un príncipe poderoso que derribaría a sus enemigos, que humillaría a los reyes y a los opresores y que concedería propiedades y bienes terrenales.
14. Cuando aquel pueblo vio a Jesús —pobre y sin ropa, con el cuerpo cubierto únicamente por una sencilla túnica; nacido en un establo y trabajando más tarde como un simple artesano—, no pudo creer que fuera el enviado del Padre, el Prometido. El Maestro tendría que realizar milagros y obras visibles para que le creyeran y comprendieran su mensaje divino. (227, 12-13)
15. Siempre han sido los humildes y los pobres quienes descubren mi presencia, porque su capacidad intelectual no está ocupada con teorías humanas que nublan su claro juicio.
16. En el «Segundo Tiempo» ocurrió igualmente que —aunque se había anunciado la venida del Mesías— solo las personas de corazón sencillo, de espíritu humilde y de mente libre de cargas lo reconocieron intuitivamente cuando vino.
17. Los teólogos tenían en sus manos el libro de los profetas, y a diario repetían las palabras que anunciaban las señales, el tiempo y la forma de la venida del Mesías; y, sin embargo, me vieron y no me reconocieron, me escucharon y negaron que yo fuera el Salvador prometido. Vieron mis obras, pero lo único que supieron hacer fue indignarse ante ellas, aunque en verdad todas habían sido profetizadas. (150, 21-23)
18. Hoy ya no se duda de Jesús, pero muchos discuten e incluso niegan mi divinidad. Unos me atribuyen una gran elevación espiritual; otros afirman que también yo recorro el camino de desarrollo del alma para poder llegar al Padre. Pero si así fuera, no os habría dicho: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». (170, 7)
Jesús como huésped salvador entre el pueblo sencillo
19. Vuestra tarea es imitar el ejemplo de vuestro Divino Maestro en su camino terrenal. Recordad: siempre que Me presentaba en los hogares, dejaba en todos un mensaje de paz, sanaba a los enfermos, consolaba a los afligidos con la autoridad divina que posee el amor.
20. Nunca dejé de entrar en una casa por temor a que allí no creyeran en Mí; sabía que al abandonar aquel lugar los corazones de sus moradores estarían llenos de alegría desbordante, pues, sin saberlo, su espíritu había contemplado el Reino de los Cielos a través de mi enseñanza.
21. A veces yo buscaba los corazones, a veces ellos me buscaban a mí; pero en todos los casos mi amor era el pan de vida eterna que les daba en el sentido de mi palabra. (28, 3-5)
El incansable predicador Jesús
22. En algunas ocasiones en que me retiraba a la soledad de algún valle, solo permanecía a solas por unos instantes, porque las multitudes, ansiosas de oírme, se acercaban a su Maestro con el deseo de la infinita bondad de su mirada. Los recibía y colmaba a aquellos hombres, mujeres y niños con la cordialidad de mi misericordia ilimitada, porque sabía que en cada criatura hay un alma por la cual había venido al mundo. Entonces les hablé del Reino de los Cielos, que es la verdadera patria del espíritu, para que apaciguaran su inquietud interior con mi palabra y se fortalecieran en la esperanza de alcanzar la Vida Eterna.
23. Sucedió que, oculto entre la multitud, había alguien que tenía la intención de negar mi verdad a gritos y afirmar que Yo era un falso profeta; pero mi palabra se le adelantó antes de que tuviera tiempo de abrir los labios. En otras ocasiones permití que algún blasfemo me injuriara, para demostrar ante la multitud que el Maestro no se ofendía ante los insultos, con lo cual les di un ejemplo de humildad y amor.
24. Hubo algunos que, avergonzados por mi mansedumbre, se alejaron de inmediato y se arrepintieron de haber herido con sus dudas a Aquel que con sus obras anunciaba la verdad. Tan pronto como se presentó la oportunidad, vinieron a mí, me siguieron por los caminos —llorando, conmovidos por mis palabras, sin atreverse siquiera a dirigirse a mí para pedirme perdón por las ofensas que antes me habían infligido. Los llamé, los acaricié con mis palabras y les concedí alguna gracia. (28, 6-7)
25. Escuchad: cuando estaba con vosotros en la Tierra, las personas acudían a Mí en multitudes —personas de alto rango, llenas de vanidad, gobernantes que Me buscaban en secreto e o para escucharme. Unos Me admiraban, pero por temor no lo confesaban abiertamente; otros Me rechazaban.
26. Venían a mí multitudes de personas, compuestas por hombres, mujeres y niños, que me escuchaban por la mañana, por la tarde y por la noche, y siempre encontraban al Maestro dispuesto a darles la Palabra de Dios. Veían que el Maestro se olvidaba de sí mismo y no podían explicarse a qué hora tomaba alimento para que su cuerpo no se debilitara y su voz no se apagara. La razón era que no sabían que Jesús recibía fuerzas de su propio espíritu y encontraba alimento en sí mismo. (241, 23)
El amor de Jesús por los niños y la naturaleza
27. De vez en cuando, cuando me encontraba solo, me descubrían unos niños que se acercaban a mí para ofrecerme florecillas, contarme alguna pequeña pena y darme un beso.
28. Las madres se preocupaban con inquietud cuando encontraban a sus pequeños en mis brazos, escuchando mis palabras. Los discípulos, que pensaban que esto significaba una falta de respeto hacia el Maestro, intentaban alejarlos de mi presencia. Entonces tuve que decirles: «Dejad que los niños vengan a mí; porque para entrar en el Reino de los Cielos, debéis tener la pureza, la sencillez y la ingenuidad de los niños».
29. Me regocijaba ante aquella inocencia y espontaneidad, así como alguien se regocija al ver un capullo que acaba de abrirse. (262, 62-64)
30. Cuántas veces encontraron a Jesús sus discípulos hablando con las diversas criaturas de la tierra. ¡Cuántas veces sorprendieron al Maestro conversando con los pájaros, con el campo, con el mar! Pero ellos sabían que su Maestro no estaba ausente, sabían que en su Maestro vivía el Espíritu Creador del Padre, que había dado un lenguaje a todos los seres, que comprendía a todos sus «hijos», que recibía alabanza y amor de todo lo creado por Él.
31. ¡Cuántas veces vieron los discípulos y la gente a Jesús acariciando un pájaro o una flor y bendiciendo todo, y descubrieron en sus ojos miradas de amor infinito por todas las criaturas! Los discípulos intuían el éxtasis divino del Señor cuando se veía rodeado de tanta gloria, de tantas maravillas surgidas de su sabiduría, y también veían a menudo lágrimas en los ojos del Maestro cuando contemplaba la indiferencia de los hombres ante tal gloria, la insensibilidad y la ceguera de las criaturas humanas ante tanto esplendor. ¡Veían a menudo llorar al Maestro cuando veía a un leproso que derramaba lágrimas a causa de su lepra, o a hombres y mujeres que se lamentaban de su suerte, a pesar de estar rodeados de una esfera de amor perfecto! (332, 25-26)
La enseñanza de Jesús
32. Jesús os enseñó la misericordia, la mansedumbre, el amor. Os enseñó a perdonar de corazón a vuestros enemigos, os dijo que debíais rechazar la mentira y amar la verdad. Os anunció que debíais corresponder siempre con el bien tanto al mal como al bien que recibíais. Os enseñó el respeto hacia cada uno de vuestros prójimos y os reveló la manera de alcanzar la salud del cuerpo y del alma; cómo honrar con vuestra vida el nombre de vuestros padres, para que al mismo tiempo podáis ser honrados por vuestros hijos.
33. Estos son algunos de los mandamientos que debe cumplir todo aquel que quiera ser verdaderamente cristiano. (151, 35-36)
34. Cuando los escribas y los fariseos observaron las obras de Jesús y descubrieron que se apartaban de las suyas, afirmaron que la doctrina que predicaba infringía la ley de Moisés. La razón de ello era que confundían la Ley con las tradiciones. Pero Yo les demostré que no había transgredido la Ley que el Padre había revelado a Moisés, sino que la cumplía con palabras y obras.
35. Ciertamente, pasé por alto muchas de las tradiciones de aquel pueblo, porque ya había llegado el momento en que debían desaparecer, para que pudiera comenzar una nueva era con enseñanzas superiores. (149, 42-43)
36. Recordad que en el primer mandamiento de la Ley que di a la humanidad por medio de Moisés dije: «No os haréis imagen ni figura alguna de las cosas celestiales para postraros ante ella y adorarla». Desde entonces, el camino para el hombre y el camino para el alma están claramente trazados.
37. Moisés no se limitó a transmitir a los hombres los Diez Mandamientos, sino que también puso en vigor leyes secundarias para la vida humana e introdujo tradiciones, ritos y símbolos dentro del culto espiritual a Dios, todo ello de acuerdo con los pasos evolutivos que daba entonces el espíritu humano.
38. Pero vino el Mesías prometido y eliminó tradiciones, ritos, símbolos y sacrificios, dejando intacta únicamente la Ley. Por eso, cuando los fariseos le dijeron al pueblo que Jesús estaba en contra de las leyes de Moisés, Yo les respondí que no estaba en contra de la Ley, sino que había venido a cumplirla. Si mis enseñanzas eliminaran las tradiciones, sería porque el pueblo, al querer cumplirlas, se había olvidado de seguir la Ley. (254, 17-18)
39. Mi palabra en el presente no borrará las palabras que os di en el «Segundo Tiempo». Las épocas, los siglos y las edades pasarán, pero las palabras de Jesús no pasarán. Hoy os explico y os revelo el sentido de lo que os dije entonces y que no entendisteis. (114, 47)
Los «milagros» de Jesús
40. Para que aquella enseñanza encendiera la fe en los corazones, realicé al mismo tiempo milagros, a fin de que fuera amada por ellos; y para que estos «milagros» fueran lo más palpables posible, los realicé en los cuerpos de los enfermos, sané a los ciegos, a los sordos, a los mudos, a los cojos, a los endemoniados, a los leprosos y también resucité a los muertos.
41. ¡Cuántos milagros de amor realizó Cristo entre los hombres! La historia conservó sus nombres como ejemplo para las generaciones futuras. (151, 37-38)
42. Los seres de la luz al servicio de la obra divina y otros que eran rebeldes e ignorantes se hacían notar por doquier, y entre aquella humanidad aparecieron los endemoniados, a quienes la ciencia no podía liberar y que eran rechazados por el pueblo. Ni los maestros de la ley ni los científicos podían devolver la salud a aquellos enfermos.
43. Pero todo esto fue previsto por Mí para enseñaros y daros pruebas de amor. A través de Jesús os concedí la curación de sus criaturas, para asombro de muchos.
44. Los incrédulos, que habían oído hablar del poder de Jesús y conocían sus milagros, exigían las pruebas más difíciles para hacerle dudar por un instante y demostrar que no era infalible. Pero esta liberación de los poseídos, el hecho de que Yo los devolviera al estado de seres humanos normales con solo tocarlos, mirarlos o dirigirles una palabra de mandato, para que aquellos espíritus abandonaran su mente y ambos quedaran liberados de su pesada carga, los desconcertó.
45. Ante este poder, los fariseos, los sabios, los escribas y los publicanos mostraron reacciones diversas. Unos reconocieron la autoridad de Jesús, otros atribuyeron su poder a influencias desconocidas, y otros no supieron qué decir al respecto. Pero los enfermos que habían sido sanados bendijeron su nombre.
46. Algunos habían estado poseídos por un solo espíritu, otros por siete, como María de Magdala, y algunos por un número tan grande que ellos mismos decían ser una legión.
47. A lo largo de toda la vida del Maestro se sucedieron una manifestación espiritual tras otra. Unas fueron presenciadas por los doce discípulos, otras por el pueblo —al aire libre y en los hogares—. Fue una época de prodigios, de «milagros». (339, 20-22)
48. El milagro, tal como lo entendéis, no existe; no hay contradicción entre lo divino y lo material.
49. A Jesús le atribuyen muchos milagros; pero en verdad os digo que sus obras fueron el efecto natural del amor, esa fuerza divina que aún no sabéis utilizar, aunque está presente en cada alma sin ser aprovechada. Porque no habéis querido conocer la fuerza del amor.
50. ¿Qué fue lo que actuó en todos los milagros que Jesús realizó, sino el amor?
51. Escuchad, discípulos: para que el amor de Dios pudiera manifestarse a la humanidad, era necesaria la humildad del instrumento, y Jesús fue siempre humilde; y como dio ejemplo de ello a los hombres, os dijo en una ocasión que sin la voluntad de su Padre Celestial no podría hacer nada. Quien no penetre en la humildad de estas palabras, pensará que Jesús era un hombre como cualquier otro; pero la verdad es que Él quería daros una lección de humildad.
52. Él sabía que esa humildad, esa unidad con el Padre, lo hacía todopoderoso frente a la humanidad.
53. ¡Oh, transfiguración grandísima y hermosa, que da amor, humildad y sabiduría!
54. Ahora sabéis por qué Jesús, aunque decía que no podía hacer nada si no era conforme a la voluntad de su Padre, en realidad lo podía todo; porque era obediente, porque era humilde, porque se hizo siervo de la ley y de los hombres, y porque sabía amar.
55. Reconoced, pues, que —aunque vosotros mismos conocéis algunas de las facultades del amor espiritual— no las sentís, y por eso no podéis comprender la causa de todo lo que llamáis milagro o misterio, que son las obras que obra el Amor Divino.
56. ¿Qué enseñanzas os dio Jesús que no consistieran en amor? ¿Qué ciencia, qué ejercicios o conocimientos misteriosos empleó para daros sus ejemplos de poder y sabiduría? Solo el amor bienaventurado, con el que todo se puede.
57. No hay nada contradictorio en las leyes del Padre, que son sencillas porque son sabias, y sabias porque están impregnadas de amor.
58. Comprendan al Maestro, él es su libro de texto. (17, 11-21)
59. El Espíritu que animó a Jesús era el mío propio, vuestro Dios, que se hizo hombre para morar entre vosotros y dejarse ver, porque era necesario. Como hombre, sentí todos los sufrimientos humanos. Los sabios que habían estudiado la esencia de la naturaleza vinieron a Mí y descubrieron que nada sabían de mi enseñanza. Grandes y pequeños, virtuosos y pecadores, inocentes y culpables recibieron la esencia de mi Palabra, y a todos honré con mi presencia. Pero aunque muchos fueron llamados, solo unos pocos fueron elegidos, y aún menos los que estuvieron a mi alrededor. (44, 10)
La adúltera
60. Yo defendí a los pecadores. ¿No recordáis a la adúltera? Cuando la trajeron ante Mí, perseguida y condenada por la multitud, vinieron los fariseos y Me preguntaron: «¿Qué debemos hacer con ella?» — Los sacerdotes esperaban que Yo dijera: «Que se haga justicia», para luego replicar: «¿Cómo es que predicas el amor y permites que esta pecadora sea castigada?». Y si Yo hubiera dicho: «Dejadla en libertad», habrían respondido: «En las leyes de Moisés, que tú —según dices— confirmas, hay una prescripción que dice: Toda mujer sorprendida en adulterio debe ser apedreada».
61. Al reconocer su intención, no respondí a sus palabras, me incliné y escribí en el polvo de la tierra los pecados de aquellos que la condenaban. De nuevo me preguntaron qué debían hacer con aquella mujer, y les respondí: «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra». Entonces reconocieron sus faltas y se alejaron, cubriéndose el rostro. Ninguno era puro, y como se sentían calados por mí hasta lo más profundo de su corazón, ya no acusaron a aquella mujer, pues todos habían pecado. Pero la mujer y, con ella, otros que también habían quebrantado el matrimonio, se arrepintieron y no volvieron a pecar. Os digo que es más fácil convertir a un pecador con amor que con severidad. (44, 11)
María Magdalena
62. María Magdalena —la pecadora, como la llamaba el mundo— se había ganado mi cordialidad y mi perdón.
63. Pronto alcanzó su redención, lo que no ocurre con otros que solo piden perdón por sus pecados con una fe débil. Mientras que ella pronto encontró lo que buscaba, otros no lo alcanzan.
64. A Magdalena se le perdonó sin que ella alardeara de su conversión. Había pecado, al igual que vosotros pecáis; pero había amado mucho.
65. Quien ama puede mostrar desviaciones en su comportamiento humano; pero el amor es la cordialidad que brota del corazón. Si queréis que se os perdone —como vosotros perdonáis—, dirigid vuestra mirada llena de amor y confianza hacia Mí, y seréis absueltos de toda falta.
66. Aquella mujer ya no pecó más; el amor que brotaba de su corazón lo dedicó a la enseñanza del Maestro.
67. Se le perdonó, aunque había cometido errores. Pero en su corazón ardía el fuego que purifica, y gracias al perdón que recibió la pecadora, no se separó ni un instante más de Jesús; mis discípulos, en cambio, me dejaron solo en las horas más sangrientas. Pero aquella María menospreciada no se separó de Mí, no Me negó, no tuvo miedo ni se avergonzó.
68. Por eso se le concedió derramar lágrimas a los pies de mi cruz y sobre mi sepulcro. Su alma encontró pronto la redención, porque amaba mucho.
69. En su corazón también ella tenía un espíritu apostólico. Su conversión resplandece como la luz de la verdad. Se había postrado a mis pies para decirme: «Señor, si Tú lo quieres, seré libre de pecado».
70. Vosotros, en cambio, ¿cuántas veces queréis convencerme de vuestra inocencia, encubriendo vuestras faltas con largas oraciones?
71. No, discípulos, aprended de ella, amad verdaderamente a vuestro Señor en cada uno de vuestros semejantes. Amad mucho, y vuestros pecados os serán perdonados. Seréis grandes si hacéis florecer esta verdad en vuestros corazones. (212, 68-75)
Nicodemo y la cuestión de la reencarnación
72. En aquel tiempo le dije a Nicodemo, que me había buscado con buena intención para hablar conmigo: «Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es Espíritu. No te sorprendas si te digo que hay que nacer de nuevo». ¿Quién entendió aquellas palabras?
73. Con ellas quería deciros que una sola vida humana no basta para comprender ni una sola de mis enseñanzas, y que para entender el libro de texto que encierra esta vida, necesitáis muchas vidas terrenales. Por eso, la carne solo tiene la función de servir de apoyo al alma en su camino por la Tierra. (151, 59)
La Transfiguración de Jesús
74. En el «Segundo Tiempo», Jesús realizó una vez una excursión, seguido por algunos de sus discípulos. Habían subido a una montaña y, mientras el Maestro llenaba de admiración a aquellos hombres con sus palabras, de repente vieron el cuerpo de su Señor transfigurado, que flotaba en el espacio y tenía a su derecha al espíritu de Moisés y a su izquierda al de Elías.
75. Ante aquella visión sobrenatural, los discípulos se postraron en tierra, deslumbrados por la luz divina. Pero enseguida se tranquilizaron y propusieron a su Maestro que se cubriera los hombros con el manto púrpura de los reyes, y lo mismo para Moisés y Elías. Entonces oyeron una voz que descendía de la infinidad e , la cual decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; ¡escuchadle!».
76. Un gran temor se apoderó de los discípulos al oír aquella voz, y cuando alzaron la vista, solo vieron al Maestro, quien les dijo: «No temáis y no contéis esta visión a nadie hasta que yo haya resucitado de entre los muertos». Entonces preguntaron a su Señor: «¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero?». Y Jesús les respondió: «En verdad os digo que Elías vendrá primero y pondrá todas las cosas en orden. Pero os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron; más bien hicieron con él lo que quisieron». Entonces los discípulos comprendieron que les hablaba de Juan el Bautista.
77. Cuántas veces, en el tiempo presente, he hecho invisible ante vuestros ojos el cuerpo a través del cual me comunico, para luego permitiros verme en la forma humana en que la humanidad conoció a Jesús, y sin embargo no os habéis postrado ante la nueva transfiguración*. (29, 15-18)
* Este fenómeno se conoce en parapsicología también como «transfiguración», es decir, la creciente manifestación de un
ser espiritual que se manifiesta.
Falta de valor para profesar la fe
78. Cuando Yo, habiéndome hecho hombre, vivía entre vosotros, sucedía a menudo que por la noche, cuando todos descansaban, venían a Mí personas que Me buscaban en secreto, porque temían ser descubiertas. Me buscaban porque sentían remordimientos de conciencia, ya que Me habían gritado y Me habían ofendido mientras Yo hablaba a la multitud. Su sentimiento de arrepentimiento era aún más intenso cuando se daban cuenta de que mi palabra había dejado en su corazón un regalo de paz y luz, y de que Yo había derramado en su cuerpo mi bálsamo sanador.
79. Con la cabeza gacha se presentaron ante Mí y Me dijeron: «Maestro, perdónanos, hemos reconocido que tu palabra contiene la verdad». Les respondí: «Si habéis descubierto que solo digo la verdad, ¿por qué os escondéis? ¿Acaso no salís al aire libre para recibir los rayos del sol cuando este aparece? ¿Cuándo os habéis avergonzado de ello? Quien ama la verdad nunca la oculta, ni la niega, ni se avergüenza de ella».
80. Os digo esto porque veo que muchos solo me escuchan en secreto y niegan adónde han ido, ocultan lo que han oído y a veces niegan haber estado conmigo. ¿De quién os avergonzáis entonces? (133, 23-26)
Hostilidades contra Jesús
81. Cuando en el «Segundo Tiempo» hablaba a las multitudes, mi palabra —perfecta en contenido y forma— era escuchada por todos. Mi mirada, que penetraba en los corazones, descubría todo lo que cada uno guardaba en su interior. En unos había duda, en otros fe, y en otros una voz llena de temor me decía: Eran los enfermos, cuyo dolor les hacía esperar de Mí un milagro. Había quienes trataban de ocultar su burla cuando Me oían decir que venía del Padre para traer a los hombres el Reino de los Cielos, y también había corazones en los que descubrí odio hacia Mí y la intención de silenciarme o eliminarme.
82. Eran los altivos, los fariseos, los que se sentían ofendidos por mi verdad. Porque aunque mi palabra era tan clara, tan llena de amor y tan consoladora —aunque siempre se veía confirmada por obras poderosas—, muchas personas querían seguir descubriendo la verdad de mi presencia juzgándome según el hombre Jesús, escudriñando mi vida y fijando su atención en la humildad de mis vestiduras y en mi absoluta pobreza de bienes materiales.
83. Pero no contentos con juzgarme a Mí, juzgaban también a mis discípulos, observándolos con atención, ya fuera cuando hablaban, cuando me seguían por los caminos o cuando se sentaban a la mesa. ¡Cómo se indignaron los fariseos cuando, en cierta ocasión, vieron que mis discípulos no se habían lavado las manos antes de sentarse a la mesa! ¡Mentes mezquinas que confundían la limpieza del cuerpo con la pureza del alma! No eran conscientes de que, cuando tocaban los panes sagrados en el templo, sus manos estaban limpias, pero sus corazones estaban llenos de podredumbre. (356, 37-38)
84. A cada paso me interrogaban. Todas mis obras y palabras eran juzgadas con mala intención; en la mayoría de los casos se sentían desconcertados ante mis obras y pruebas, pues su entendimiento no era capaz de comprender lo que solo el espíritu puede aprehender.
85. Cuando oraba, decían: «¿Para qué ora, si dice que está lleno de poder y sabiduría? ¿Qué puede necesitar o pedir?». Y cuando no oraba, decían que no cumplía sus prescripciones religiosas.
86. Cuando veían que no tomaba alimento mientras mis discípulos comían, juzgaban que me encontraba fuera de las leyes establecidas por Dios; y cuando me veían tomar alimento, se preguntaban: «¿Para qué tiene que comer para vivir él, que afirmaba ser la vida?». No comprendían que había venido al mundo para revelar a los hombres cómo viviría la humanidad tras un largo período de purificación, a fin de que de ella surgiera una generación espiritualizada que se elevara por encima de la miseria humana, de las necesidades de la carne y de las pasiones de los sentidos corporales. (40, 11-13)
Anuncio de despedida
87. Durante tres años, Jesús vivió junto a sus discípulos. Estaba rodeado de grandes multitudes que lo amaban profundamente. Para aquellos discípulos, no había nada más importante que escuchar a su Maestro cuando predicaba su enseñanza divina. Siguiendo sus pasos, no sentían ni hambre ni sed, no había tropiezos ni obstáculos, todo era paz y felicidad en la atmósfera que rodeaba a aquel grupo, y sin embargo —cuando una vez estaban especialmente absortos en la contemplación de su amado Jesús—, Él les dijo: «Ahora vendrá un tiempo diferente; Me iré de entre vosotros y quedaréis como ovejas entre lobos. Esa hora se acerca, y es necesario que Yo regrese al lugar de donde vine. Estaréis solos por un tiempo y llevaréis el testimonio de lo que habéis visto y oído a los que tienen hambre y sed de amor y justicia. Actuad en mi nombre, y después os llevaré conmigo a la Patria Eterna».
88. Aquellas palabras entristecieron a los discípulos, y cuanto más se acercaba la hora, más insistente era Jesús al repetir aquel anuncio, al hablar de su partida. Pero al mismo tiempo consolaba los corazones de quienes le escuchaban, diciéndoles que su Espíritu no se separaría de ellos y que seguiría velando por el mundo. Cuando se prepararan para llevar su Palabra a los hombres de aquella época como un mensaje de consuelo y esperanza, Él hablaría por medio de sus bocas y haría milagros. (354, 26-27)
La entrada de Jesús en Jerusalén
89. Las multitudes me recibieron con júbilo cuando entré en la ciudad de Jerusalén. De los pueblos y callejuelas acudían en manadas —hombres, mujeres y niños— para presenciar la entrada del Maestro en la ciudad. Eran aquellos que habían recibido el milagro y la prueba del poder del Hijo de Dios: ciegos que ahora veían, mudos que ahora podían cantar «Hosanna», cojos que habían abandonado sus camas y acudían apresuradamente para ver al Maestro en la fiesta de la Pascua.
90. Yo sabía que este triunfo era efímero; ya había predicho a mis discípulos lo que sucedería después. Esto no fue más que el comienzo de mi lucha, y hoy, desde una gran distancia respecto a aquellos acontecimientos, os digo que la luz de mi verdad sigue luchando contra las tinieblas de la ignorancia, del pecado y del engaño, por lo que debo añadir que mi triunfo definitivo aún no ha llegado.
91. ¿Cómo podéis creer que aquella entrada en Jerusalén significó la victoria de mi causa, cuando solo fueron unos pocos los que se convirtieron y muchos los que no reconocieron quién era yo?
92. Y aun cuando todas aquellas personas se hubieran convertido a mi palabra, ¿no habrían tenido que seguir muchas generaciones más?
93. Aquel momento de júbilo, aquella entrada triunfal y efímera, no fue más que el símbolo de la victoria de la luz, del bien, de la verdad, del amor y de la justicia —del día que ha de venir y al que todos estáis invitados.
94. Sabed que si tan solo uno de mis hijos se encontrara entonces fuera de la Nueva Jerusalén, no habría fiesta, pues Dios no podría entonces hablar de triunfo, no podría celebrar victoria si su poder no hubiera sido capaz de salvar también al último de sus hijos. (268, 17-21)
95. Sois los mismos que en el «Segundo Tiempo» cantaron el Hosanna cuando Jesús entró en Jerusalén. Hoy, al manifestarme a vosotros en el Espíritu, ya no extendéis vuestros mantos en mi camino, sino que son vuestros corazones los que ofrecéis como morada a vuestro Señor. Hoy vuestro Hosiannah ya no brota a voz en grito; este Hosiannah surge de vuestra alma como un himno de humildad, de amor y de reconocimiento al Padre, como un himno de fe en esta manifestación que vuestro Señor os ha traído en el «Tercer Tiempo».
96. Antaño como hoy, sois los mismos que me siguieron en mi entrada en Jerusalén. Las grandes multitudes me rodeaban, cautivadas por mis palabras de amor. Hombres y mujeres, ancianos y niños sacudían la ciudad con sus vítores, e incluso los sacerdotes y fariseos, que temían que el pueblo se rebelara, me decían: «Maestro, si enseñas la paz, ¿por qué permites que tus seguidores causen tal alboroto?». Pero Yo les respondí: «En verdad os digo que si estos callaran, las piedras hablarían». Porque eran momentos de júbilo, era el colmo y la glorificación del Mesías entre los que tenían hambre y sed de justicia —esas almas que durante mucho tiempo habían esperado la llegada del Señor en cumplimiento de las profecías.
97. Con ese júbilo y esa alegría celebró mi pueblo también la liberación de Egipto. Quería hacer inolvidable para mi pueblo aquel recuerdo de la Pascua. Pero en verdad os digo que no me limité a seguir una tradición al sacrificar un cordero; no, en Jesús, el Cordero de sacrificio, me ofrecí a mí mismo como el camino por el cual todos mis hijos encontrarían la redención. (318, 57-59)
La Última Cena
98. Cuando Jesús celebró con sus discípulos aquella cena pascual, conforme a la tradición de aquel pueblo, les dijo: «Ahora os revelo algo nuevo: tomad de este vino y comed de este pan, que representan mi sangre y mi cuerpo, y haced esto en memoria mía».
99. Tras el fallecimiento del Maestro, los discípulos conmemoraban el sacrificio de su Señor tomando vino y comiendo pan, que eran símbolos de Aquel que lo entregó todo por amor a la humanidad.
100. A lo largo de los siglos, los pueblos divididos en confesiones dieron a mi palabra diferentes interpretaciones.
101. Hoy quiero deciros lo que sentí en aquella hora, en aquella Última Cena, en la que cada palabra y cada gesto de Jesús fue la lección de un libro de profunda sabiduría y amor infinito. Cuando utilicé para ello el pan y el vino, fue para haceros comprender que son semejantes al amor, que es el alimento y la vida del alma; y cuando os dije: «Haced esto en memoria mía», el Maestro quiso decir con ello que améis a vuestros prójimos con un amor semejante al de Jesús y que os entreguéis a los hombres como verdadero alimento.
102. Todo rito que hagáis a partir de estas enseñanzas será infructuoso si no aplicáis mis enseñanzas y ejemplos en vuestra vida. Precisamente eso es lo difícil para vosotros, pero en ello consiste el mérito. (151, 29-32; 34)
103. Tal como estáis ahora a mi alrededor, así fue también aquella última noche en el «Segundo Tiempo». El sol se ponía justo cuando Jesús conversaba por última vez con sus discípulos en aquella sala. Eran las palabras de un padre moribundo a sus hijos muy amados. Había tristeza en Jesús y también en los discípulos, que aún no sabían lo que unas horas más tarde le esperaba a Aquel que les había enseñado y tanto los había amado. Su Señor estaba a punto de partir, pero ellos aún no sabían cómo. Pedro lloraba y, al hacerlo, apretaba la copa contra su corazón; Juan mojaba con sus lágrimas el pecho del Maestro; Mateo y Bartolomé estaban fuera de sí ante mis palabras. Felipe y Tomás ocultaban su dolor mientras comían. Santiago el Menor y el Mayor, Tadeo, Andrés y Simón estaban mudos de dolor; sin embargo, eran muchas las cosas que me decían con el corazón. También Judas Iscariote llevaba dolor en su corazón, pero también miedo y remordimientos. Pero ya no podía dar marcha atrás, porque la oscuridad se había apoderado de él.
104. Cuando Jesús hubo pronunciado sus últimas palabras y exhortaciones, aquellos discípulos estaban inundados de lágrimas. Pero uno de ellos ya no estaba allí; su alma no podía acoger tanto amor ni contemplar tanta luz, y así se marchó, porque aquella palabra le abrasaba el corazón. (94, 56-58)
105. El anhelo divino de Jesús era que sus discípulos se convirtieran en sembradores de su enseñanza redentora.
106. En el punto culminante de su último discurso a los discípulos, que fue al mismo tiempo la última conversación entre el Padre y los hijos, les dijo por eso en tono amoroso: «Os doy ahora un nuevo mandamiento: maos los unos a los otros».
107. Con la luz de ese Mandamiento Supremo encendió así la mayor esperanza para la humanidad. (254, 59)

